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La inteligencia ejecutiva

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Durante siglos, dice José Antonio Marina, se pensó que la función principal de la inteligencia era conocer. Fue la época dorada de la Inteligencia Cognitiva. Después se reconoció la importancia de la Inteligencia Emocional, dada la influencia del mundo afectivo en el comportamiento humano.

Sin embargo, el autor considera que aparecen síntomas de encontrarnos en una nueva etapa que sostenida por lo anterior nos sitúa en un marco teórico más amplio y potente: la de la Inteligencia Ejecutiva, que organiza todas las demás y cuyo objetivo, según Marina, es el de “dirigir bien la acción mental y física”.

Este nuevo enfoque nos permite comprender mejor la aventura de la especie humana. No vivimos para conocer, sino que conocemos para vivir de la mejor manera posible. No somos ni pura emoción, ni racionalidad pura, sino una complicada mezcla que cada uno de nosotros tiene que resolver biográficamente”. Somos seres, concluye José Antonio Marina, impulsados a vivir, a actuar, a enfrentarnos con la realidad. “Pero no estamos movidos sólo por impulsos y por objetivos fijados biológicamente, sino también por metas que conscientemente nos proponemos y con las que nos seducimos desde lejos, con mayor o menor fortuna.”

Esta inteligencia ejecutiva no es innata, considera Marina, se adquiere a lo largo de la vida, a través de dirigir bien el comportamiento y mediante las metas elegidas. “Tal vez mucho de los errores educativos que hemos padecido proceden de haber intentado educar la inteligencia cognitiva (proporcionando conocimientos a los alumnos) y la inteligencia emocional (intentando fomentar sus sentimientos agradables) pero descuidando la educación de la inteligencia ejecutiva, con lo que hemos aumentado su vulnerabilidad y disminuido su capacidad de tomar decisiones o de mantener el esfuerzo.”

“El fracaso de la inteligencia ejecutiva está presente en los grandes problemas que preocupan a la sociedad: las conductas impulsivas, la agresividad no controlada, el consumo de drogas, los déficits de atención, los problemas de desorganización, la falta de constancia, la procrastinación, la mala gestión del tiempo, los fallos en la memoria, la pasividad, las actitudes de dependencia de otras personas, las obsesiones, la rigidez en el pensamiento o el carácter –incluido el fanatismo-, y gran parte de los fracasos educativos.”

Porque la función de la inteligencia ejecutiva es la de dirigir todas las capacidades humanas como: evaluar, hacer proyectos, planificar, tomar decisiones y dar órdenes a nuestra máquina no consciente de producir ocurrencias. En ella tiene su origen la libertad humana. Educar los hábitos es el gran reto de nuestra sociedad; la idea de que la moral no es un añadido exterior, sino una necesaria creación de la inteligencia, su más decisivo desarrollo. Cambiar la trayectoria no depende del conocimiento ni de las emociones, depende de la inteligencia ejecutiva.

Cada capítulo de esta obra está constituido, metodológicamente, en tres parte: una primera parte en la que se expone un tema; la asistencia a un Congreso virtual sobre Inteligencia Ejecutiva, en segundo lugar y, por último, la participación en Talleres sobre la educación de sus funciones y la solución de sus trastornos. “Esta estructura, aclara el autor, es una astucia didáctica para poner a la disposición de padres y docentes la mayor cantidad de información posible, sin abrumarles.” Además, cada capítulo se prolonga en la web de Biblioteca UP donde se da más información, bibliografía, y la posibilidad de participación en un foro.



Índice

Introducción

Capítulo primero. El gran giro
Capítulos segundo. Definición de negativo
Capítulo tercero. El niño al asalto del poder
Capítulo cuarto. La organización
Capítulo quinto. La transfiguración de la inteligencia
Capítulo sexto. Nuestro asesor de decisiones
Capítulo séptimo. La educación del bucle prodigioso
Capítulo octavo. La educación del carácter.

Apéndice


 

Durante siglos, dice José Antonio Marina, se pensó que la función principal de la inteligencia era conocer. Fue la época dorada de la Inteligencia Cognitiva. Después se reconoció la importancia de la Inteligencia Emocional, dada la influencia del mundo afectivo en el comportamiento humano.

Sin embargo, el autor considera que aparecen síntomas de encontrarnos en una nueva etapa que sostenida por lo anterior nos sitúa en un marco teórico más amplio y potente: la de la Inteligencia Ejecutiva, que organiza todas las demás y cuyo objetivo, según Marina, es el de “dirigir bien la acción mental y física”.

“Este nuevo enfoque nos permite comprender mejor la aventura de la especie humana. No vivimos para conocer, sino que conocemos para vivir de la mejor manera posible. No somos ni pura emoción, ni racionalidad pura, sino una complicada mezcla que cada uno de nosotros tiene que resolver biográficamente”. Somos seres, concluye José Antonio Marina, impulsados a vivir, a actuar, a enfrentarnos con la realidad. “Pero no estamos movidos sólo por impulsos y por objetivos fijados biológicamente, sino también por metas que conscientemente nos proponemos y con las que nos seducimos desde lejos, con mayor o menor fortuna.”

Esta inteligencia ejecutiva no es innata, considera Marina, se adquiere a lo largo de la vida, a través de dirigir bien el comportamiento y mediante las metas elegidas. “Tal vez mucho de los errores educativos que hemos padecido proceden de haber intentado educar la inteligencia cognitiva (proporcionando conocimientos a los alumnos) y la inteligencia emocional (intentando fomentar sus sentimientos agradables) pero descuidando la educación de la inteligencia ejecutiva, con lo que hemos aumentado su vulnerabilidad y disminuido su capacidad de tomar decisiones o de mantener el esfuerzo.”

“El fracaso de la inteligencia ejecutiva está presente en los grandes problemas que preocupan a la sociedad: las conductas impulsivas, la agresividad no controlada, el consumo de drogas, los déficits de atención, los problemas de desorganización, la falta de constancia, la procrastinación, la mala gestión del tiempo, los fallos en la memoria, la pasividad, las actitudes de dependencia de otras personas, las obsesiones, la rigidez en el pensamiento o el carácter –incluido el fanatismo-, y gran parte de los fracasos educativos.”

Porque la función de la inteligencia ejecutiva es la de dirigir todas las capacidades humanas como: evaluar, hacer proyectos, planificar, tomar decisiones y dar órdenes a nuestra máquina no consciente de producir ocurrencias. En ella tiene su origen la libertad humana. Educar los hábitos es el gran reto de nuestra sociedad; la idea de que la moral no es un añadido exterior, sino una necesaria creación de la inteligencia, su más decisivo desarrollo. Cambiar la trayectoria no depende del conocimiento ni de las emociones, depende de la inteligencia ejecutiva.

Cada capítulo de esta obra está constituido, metodológicamente, en tres parte: una primera parte en la que se expone un tema; la asistencia a un Congreso virtual sobre Inteligencia Ejecutiva, en segundo lugar y, por último, la participación en Talleres sobre la educación de sus funciones y la solución de sus trastornos. “Esta estructura, aclara el autor, es una astucia didáctica para poner a la disposición de padres y docentes la mayor cantidad de información posible, sin abrumarles.” Además, cada capítulo se prolonga en la web de Biblioteca UP donde se da más información, bibliografía, y la posibilidad de participación en un foro.



Índice

Introducción

Capítulo primero. El gran giro
Capítulos segundo. Definición de negativo
Capítulo tercero. El niño al asalto del poder
Capítulo cuarto. La organización
Capítulo quinto. La transfiguración de la inteligencia
Capítulo sexto. Nuestro asesor de decisiones
Capítulo séptimo. La educación del bucle prodigioso
Capítulo octavo. La educación del carácter.

Apéndice


Durante siglos, dice José Antonio Marina, se pensó que la función principal de la inteligencia era conocer. Fue la época dorada de la Inteligencia Cognitiva. Después se reconoció la importancia de la Inteligencia Emocional, dada la influencia del mundo afectivo en el comportamiento humano. 

Sin embargo, el autor considera que aparecen síntomas de encontrarnos en una nueva etapa que sostenida por lo anterior nos sitúa en un marco teórico más amplio y potente: la de la Inteligencia Ejecutiva, que organiza todas las demás y cuyo objetivo, según Marina, es el de “dirigir bien la acción mental y física”. 

“Este nuevo enfoque nos permite comprender mejor la aventura de la especie humana. No vivimos para conocer, sino que conocemos para vivir de la mejor manera posible. No somos ni pura emoción, ni racionalidad pura, sino una complicada mezcla que cada uno de nosotros tiene que resolver biográficamente”. Somos seres, concluye José Antonio Marina, impulsados a vivir, a actuar, a enfrentarnos con la realidad. “Pero no estamos movidos sólo por impulsos y por objetivos fijados biológicamente, sino también por metas que conscientemente nos proponemos y con las que nos seducimos desde lejos, con mayor o menor fortuna.” 

Esta inteligencia ejecutiva no es innata, considera Marina, se adquiere a lo largo de la vida, a través de dirigir bien el comportamiento y mediante las metas elegidas. “Tal vez mucho de los errores educativos que hemos padecido proceden de haber intentado educar la inteligencia cognitiva (proporcionando conocimientos a los alumnos) y la inteligencia emocional (intentando fomentar sus sentimientos agradables) pero descuidando la educación de la inteligencia ejecutiva, con lo que hemos aumentado su vulnerabilidad y disminuido su capacidad de tomar decisiones o de mantener el esfuerzo.” 

“El fracaso de la inteligencia ejecutiva está presente en los grandes problemas que preocupan a la sociedad: las conductas impulsivas, la agresividad no controlada, el consumo de drogas, los déficits de atención, los problemas de desorganización, la falta de constancia, la procrastinación, la mala gestión del tiempo, los fallos en la memoria, la pasividad, las actitudes de dependencia de otras personas, las obsesiones, la rigidez en el pensamiento o el carácter –incluido el fanatismo-, y gran parte de los fracasos educativos.” 

Porque la función de la inteligencia ejecutiva es la de dirigir todas las capacidades humanas como: evaluar, hacer proyectos, planificar, tomar decisiones y dar órdenes a nuestra máquina no consciente de producir ocurrencias. En ella tiene su origen la libertad humana. Educar los hábitos es el gran reto de nuestra sociedad; la idea de que la moral no es un añadido exterior, sino una necesaria creación de la inteligencia, su más decisivo desarrollo. Cambiar la trayectoria no depende del conocimiento ni de las emociones, depende de la inteligencia ejecutiva. 

Cada capítulo de esta obra está constituido, metodológicamente, en tres parte: una primera parte en la que se expone un tema; la asistencia a un Congreso virtual sobre Inteligencia Ejecutiva, en segundo lugar y, por último, la participación en Talleres sobre la educación de sus funciones y la solución de sus trastornos. “Esta estructura, aclara el autor, es una astucia didáctica para poner a la disposición de padres y docentes la mayor cantidad de información posible, sin abrumarles.” Además, cada capítulo se prolonga en la web de Biblioteca UP donde se da más información, bibliografía, y la posibilidad de participación en un foro. 



Índice 

Introducción 

Capítulo primero. El gran giro 
Capítulos segundo. Definición de negativo 
Capítulo tercero. El niño al asalto del poder 
Capítulo cuarto. La organización 
Capítulo quinto. La transfiguración de la inteligencia 
Capítulo sexto. Nuestro asesor de decisiones 
Capítulo séptimo. La educación del bucle prodigioso 
Capítulo octavo. La educación del carácter. 

    Enrique Rubio

    Enrique Rubio

    Reflexiones sobre aprendizaje, tecnología y sostenibilidad

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